Hace unos pocos días la final de la NBA entre los Boston Celtics y Los Angeles Lakers parecía más que cantada. Los dos equipos más laureados de la competición profesional de baloncesto más importante arrasaban tanto a Orlando Magic como a los Phoenix Suns, sus rivales.
Las aficiones de ambos equipos históricos se retaban partido a partido despreciando a sus actuales rivales (“¡Queremos a los Celtics!” Coreaban en su pabellón los seguidores californianos” como simples convidados de piedra, pequeños inconvenientes para la consecución del preciado anillo.
Pues ese exceso de confianza puede salirles caro, y ahí están dos figuras como Dwight “Superman” Howard y Stoudemire para cambiar las ternas. Lo de los Celtics es para mirárselo. Tras llevar un 3 a 0 que parecía definitivo han perdido los dos siguientes y pueden caer en el ridículo de ser el primer equipo en la historia que es eliminado tras adquirir esa ventaja. Cuenta con el factor cancha en el sexto partido; no deberían desaprovecharlo.
Lo de los Lakers es más comprensible: Steve Nash y Stoudemire lo están dando todo y no son fáciles de roer. Gasol, elogiado por el presidente Obama por su labor en los Lakers, pide más balones bajo el aro para ser clave. El siguiente partido también será clave.


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